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  • Carlos Mario Rodríguez

Entrevista a Carlos Mario Rodríguez para la V Bienal de Arquitectura Latinoamericana (BAL)

Por Laura Puy Muguiro


Le gustan las ciudades con problemas. “Por eso vuelvo a Latinoamérica”, afirma riendo. “Hay mucho por hacer”. Nacido en Medellín (Colombia) hace 48 años, al arquitecto Carlos Mario Rodríguez no le agradan las ciudades decoradas, postizas, “como Miami”, sino las pequeñas, con historia, con huellas de vida. “Más que la ciudad, me gusta lo que contiene, cultural y socialmente. Tiene valor la gente: cuando uno llega a una ciudad su relación con ella es a través de quien te recibe”. Por eso elige Medellín, que conoce a la perfección: entre 2004 y 2011 participó en el proyecto de transformación urbanística de la ciudad, fragmentada tras años de violencia por el narcotráfico. Acaba de ser ponente en la V edición de la Bienal de Arquitectura Latinoamericana.

Un proyecto de transformación urbanística en una ciudad con más de dos millones de habitantes se me antoja una tarea ardua.

Hay que contextualizar. En los años ochenta y noventa, Medellín vivió una de las crisis más fuertes del país por la guerra declarada del Estado al narcotráfico, que afectó a gran cantidad de población y llevó a la gente a sus casas, es decir, a deshabitar la ciudad del espacio público con la herramienta del miedo, más fuerte que un arma, y a dividir a la sociedad.

¿Una fecha clave?

Cuando muere Pablo Escobar, en 2000. Empezó un proceso de recuperación de ciudad. Pero no teníamos grandes espacios públicos, una infraestructura para regenerar la sociedad y tratar de que saliera a la calle y pudiera reconocerse. Así que lo primero fue trabajar en construir espacios públicos. Es importante cómo el urbanismo, mirado desde la integralidad, es un instrumento político que puede ayudar a cambiar el territorio.

Dice que la sociedad de Medellín estaba dividida.

Estaba fragmentada. La ciudad es un valle en sentido norte-sur, y las laderas, en especial las del norte, crecieron de manera informal. Y ahí es donde más se sufrió el narcotráfico porque allí es donde nacen los sicarios, la gente pobre que no tiene oportunidad de salidas. Así que, en ese proceso de espacios públicos, una de las primeras áreas que trabajamos fueron estos barrios informales, donde no iba la gente, donde no se reconocían como sociedad, donde lo único que había eran áreas dormitorio.

He visto imágenes de una calle después de su transformación con una especie de teleférico.

Dimos importancia a la movilidad. Se trabajó mucho en conseguir sistemas de transporte público para penetrar en esa sociedad fragmentada y tratar de relacionar una parte con la otra. Nadie iba a ese barrio del que hablas, Santo Domingo, y hoy es referente: quien llega a Medellín quiere ir a Santo Domingo. Y vive la misma gente que antes pero que ahora es identificada como población de Medellín. De ahí la importancia del espacio público como instrumento político de reconstrucción de sociedad y de la movilidad como elemento de equidad territorial. Se ha producido la revalorización de un Medellín con un estigma por el que tenía 600 muertes por 100.000 habitantes a finales de los noventa. Hoy son 28-30 muertes por cada 100.000 habitantes.

¿Medellín se ha liberado definitivamente de ese estigma?

Sí. Es una de las ciudades que ha crecido en términos de turismo, que se ha convertido en el centro de convenciones más importante del país y ha mejorado mucho su economía. La decadencia en los años setenta de las empresas industriales de Medellín dio la salida al narcotráfico y al contrabando. Y tras este proceso de postconflicto, Medellín tiene las dos ferias más importantes de moda de América Latina, los clusters de excelencia en salud, en construcción, en innovación... Antes hablabas de Medellín y hablabas del cártel de Pablo Escobar. Hoy es una ciudad completamente diferente que ha quitado el espacio a esa informalidad de la violencia. La ciudad ha pasado del miedo a la esperanza y brinda espacios para la cultura, la innovación, la educación... Por eso hace cuatro años le llevó a ser la sede de los Juegos Suramericanos.

Pasó del miedo a la esperanza en siete años. Si se quiere...

Es que nos falta hablar de un tema muy importante: la decisión política. Cuando ésta apuesta por políticas públicas y no por proyectos, funciona. Fue fundamental haber tenido una decisión política sobre la mesa de trabajo y a todos los que podíamos aportar y trabajar de forma coordinada. La sociedad fue el objeto de la transformación para posicionar Medellín. Y pasó de ser violenta, donde la vida no tenía valor, a ser capaz de enfrentarse en el acuerdo sobre lo importante.

¿Y cómo les recibieron en esos barrios al ver los narcotraficantes peligrar sus feudos?

Al principio no fue fácil: la sociedad ni confiaba ni creía. Aunque Escobar había muerto y ya no tenía poder, era una imagen muy poderosa; en Colombia se estaba dando además la desmovilización de la derecha, de los paramilitares, y se decidió actuar sobre los territorios que eran vedados, no con militares, sino con oportunidades. El 4 de febrero fue el primer día de trabajo y me fui al barrio de Santo Domingo. La noche anterior había habido un tiroteo entre una parte y otra.

¿Y cómo se trabaja así?

Iniciamos un trabajo multidisciplinar con las comunidades para construir confianza: recorrimos los barrios e identificamos los problemas para planificar y actuar de forma simultánea, porque, si construyes confianza, el segundo paso es credibilidad, y para eso hay que hacer cosas. Y las hicimos: un pequeño parque, una calle que se mejoraba, un equipamiento importante, recuperación de viviendas que habían sido tomadas por los narcotraficantes... Incluso mesas de trabajo con todos, incluyendo a estos últimos. Porque lo importante era que vieran que íbamos a trabajar para todas las familias. Aquello generó en la gente una dualidad: se querían ir de allí porque era donde había muerto su padre, su hijo, su sobrino... pero no querían marcharse porque estaban viendo futuro, un proceso al que valía la pena esperar. Logramos madurar una sociedad.

En una cátedra mexicana con la que colaboró se dice que el arquitecto no solo debe establecer tendencias, que es un “ciudadano que se empapa de ciudad, que come tacos cuando trasnocha”. ¿Cuánto paseó por Medellín?

Me la recorrí entera. Y conocer a la gente ha sido una experiencia maravillosa. Uno de los temas que falta en las facultades de Arquitectura es decir a los estudiantes que lo más importante es reconocer las formas del habitar, incluso en una pequeña casa. En Medellín tratamos de reducir la pobreza, pero no entendida en dinero, sino en la falta de prestación de servicios. Si brindas a los ciudadanos una escuela, una biblioteca, una centro de recreación y deporte, estás atacando la pobreza porque les estás dando oportunidades.

Y hasta 2004, usted que es nacido en Medellín, ¿cuántas veces imaginó transformarla?

De 1998 a 2004 fui decano de la Escuela de Arquitectura. Una de las cosas que más me dolía era que entre el 50 y 60% de los alumnos que se graduaban querían salir del país, y lo hacían, y no para volver. Mi discurso constante era que, si un país necesitaba arquitectos, comunicadores, diseñadores, urbanistas... era un país en crisis, y en las crisis la gente se va, cuando lo importante es que esté. Yo veía que la gente tenía que estar. Por eso cuando me llamó el alcalde tuve que ser coherente y marcharme de la universidad para ir a trabajar con la ciudad y hacer trabajos ligados con la comunidad.

A propósito de esto, me ha llamado la atención encuestas que hicieron ustedes a los ciudadanos: cómo querían llamar a un parque, qué querían que tuviera… ¿No es más común olvidar al ciudadano de pie?

Es que la ciudad es un acuerdo de ciudadanos. No fuimos a los barrios diciendo “venimos a darles el futuro”, sino “vamos a construirlo conjuntamente”. Por eso los recorrimos con la gente, identificando lugares con ella y regresando a nuestros despachos para tratar de interpretar lo que nos había dicho, que no era difícil, ya que cuando preguntas a alguien qué quiere en un espacio público te responde que un banco, un árbol, una fuente de agua...

Elementos básicos.

Pero lo esencial del tema. Por eso, construir a partir de este punto era la posibilidad de generar confianza para pasar a la acción rápidamente, e ir sumando y sumando y sumando... Descubrimos entonces que, al mismo tiempo que la intervención en lo público, la gente empezó a hacer cosas: a pintar sus casas, a arreglarlas, a ponerles flores... Ya se sentía orgullosa de su ciudad. Fue fundamentalmente una decisión de recuperación de dignidad.

Su participación terminó hace 5 años. Iba a preguntarle si les habían llegado opiniones de los ciudadanos. Pero tal vez ya dijeron todo al no querer irse, al pintar sus casas, arreglarlas...

Porque además lo que queríamos con la transformación no era convertir un barrio en un barrio de élite, sino en el barrio de ellos. Ahora, cuando llegas allí, los niños te preguntan si quieres que te cuenten la historia del barrio, qué pasó allí, desde la violencia y la guerra hasta la transformación. Los ciudadanos del barrio tiene orgullo por él, lo respetan y lo cuidan, y es la mejor arma para combatir los temas de violencia como los de los años ochenta y noventa.

¿De qué intervención en Medellín se siente más satisfecho?

De la intervención en los barrios. Era un ejercicio muy integral. Coordinamos el programa de parques, bibliotecas y colegios, algunos ganadores de bienales iberoamericanas de arquitectura. Y eso es una satisfacción porque ves que hay oportunidades, porque vas al aula de cualquiera de esas bibliotecas y encuentras 30 ordenadores a los que se conectan los niños a diario, teniendo una perspectiva de vida diferente a la que tenían antes.

Usted ha trabajado tanto en el ámbito público como en el privado, pero escuchándole, ¿se queda con el público?

Quitando cosas malas que hay en lo público, como la politiquería o la corrupción, que me molestan demasiado, me quedo con lo público. Es que es la misión. Somos un instrumento disciplinario profesional que tiene valor en la medida en que impacte a la gente. No concibo mi vida haciendo casas para ricos. No es lo que me llena, pero es un poco lo que ocurre en las facultades de Arquitectura: formamos a nuestros alumnos para que aumenten su ego a través de lo que hacen como arquitectos.

¿Es una de las lecciones que ha aprendido con este proyecto?

Sí, sin duda, porque cuando recorro un barrio veo a la gente feliz. Viví la guerra, me formé en ella. Cuando me gradué en 1990, la ciudad estaba sumida en una crisis tan fuerte que a las seis de la tarde ya no podíamos salir de casa. Nos acostábamos oyendo las bombas y nos levantábamos mirando quién de la familia estaba bien. Y hoy, poder recorrer la ciudad tranquilo, vivirla, coger una bicicleta pública y llegar hasta el metro, y montarte en él hasta cualquier parte de la ciudad, subirte al parque que está en la parte alta... ver que lo puedes hacer tú y todo el mundo, que se ha conseguido salir de aquella crisis, es una alegría tremenda.

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