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  • Carlos Mario Rodríguez

La publicidad de lo público

Actualizado: 6 de mar de 2019

Introducción


La ciudad de Medellín ubicada en el interior del País, está localizada sobre un valle conformado por dos sistemas montañosos que se orientan en sentido sur-norte, con una área cercana a los 380 km2, posee actualmente una población de dos millones doscientos mil habitantes en su área urbana y en su “área metropolitana” una población de tres millones trescientos mil; gran parte de esta población habita sobre las laderas con pendientes que las más de las veces sobrepasan el 25%, donde se ha instalado parte importante de la vivienda informal de los 10 municipios que la conforman.

Esta Ciudad nace como un pequeño asentamiento en 1541, en el año 1675 se funda la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín; sin embargo Medellín no fue elevada a la categoría de Ciudad sino hasta 1813 durante el periodo de la independencia, en 1926 es declarada capital del departamento de Antioquia.

Esta Ciudad que se asentó originalmente sobre la margen derecha del río Aburrá, es fruto de cruces de caminos y promueve su desarrollo por ser centro de importantes intercambios comerciales; sólo emprende su proceso de consolidación urbana a partir de las primeras décadas del s. XX, como consecuencia de un acelerado crecimiento de la población que ocupa el territorio debido al auge comercial, al cultivo del café, a la producción minera, al inicio de las actividades industriales que se emplazan en la ciudad y a las oportunidades que ofrece su localización estratégica; este proceso de urbanización se aceleró a partir de la segunda mitad del s. XX, por la ocupación formal e informal del territorio, como consecuencia de la demanda de vivienda y su consecuente requerimiento de servicios.

El primer precedente de planificación urbana es el denominado Plano de Medellín Futuro, realizado en 1913, a través de convocatoria realizada por la Sociedad de Mejoras Publicas; el segundo referente en donde la Ciudad aborda un proceso de planificación serio y metódico fue el Plan Piloto, dirigido por los arquitectos y urbanistas europeos Paul Lester Wiener y Jose Luis Sert entre 1948 y 1952, cuando finalmente fue aprobado por Acuerdo Municipal.

El proceso de crecimiento de la Ciudad desbordó durante la mayor parte del s. XX las previsiones de ocupación del territorio y la capacidad de planificación y ordenamiento; esto dio como resultado un territorio ocupado de manera informal o con procesos de planificación incompletos, que resolvían fundamentalmente el problema de la vivienda y entregaban como resultado un urbanismo precario, en donde sólo se resolvía la conectividad de manera funcional, y el espacio público no existía como espacio colectivo que promoviera la construcción de comunidad en estas zonas de la Ciudad.

El proceso descontrolado de crecimiento desbordó el control de las autoridades municipales y trajo como resultado amplias zonas de invasión con trazados orgánicos, pero carentes de las necesarias previsiones para la construcción de sistemas viales y equipamientos colectivos, lo cual incremento las brechas sociales existentes entre la ciudad informal y aquella planificada.

Estas marcas y problemáticas planteadas como consecuencia de la ausencia del estado, tuvieron su mayor acento entre finales de la década de los ochenta y comienzos del s. XXI, fenómeno que sin lugar a dudas se convirtió en una de las manifestaciones sociales y de seguridad más complejas de la historia de la Ciudad, alimentadas además, por la presencia del narcotrafico y las guerrillas urbanas; esta situación llevó a la Ciudad a tener una tasa de homicidios de 381 habitantes por cada cien mil habitantes; lo que desató un fenómeno demostrativo de una sociedad enferma y desarticulada socialmente, como consecuencia de la falta de presencia de la institucionalidad en todos sus frentes, y la ausencia de un estado que garantizara los derechos fundamentales y la protección de la vida como el bien más importante.

En este deteriorado escenario social, económico y político, la ciudadanía perdió el poco y cualificado espacio público que poseía, y se encerró tras las puertas de sus propias viviendas como principio de supervivencia; esto generó grietas y desequilibrios profundos entre la población que no encontraba en su entorno los espacios de encuentro propios de una ciudad civilizada, que requiere de ellos para realizar acuerdos de convivencia; por el contrario aquellos espacios vacíos se convirtieron en espacios ausentes de vida social y comunitaria promoviendo con ello la aparición de la inseguridad.

Este recuento histórico pretende presentar de manera general un panorama del crecimiento urbano y de los diferentes modelos de ocupación formal e informal del territorio, es un punto de partida importante para evaluar y comprender las condiciones actuales del espacio público en la Ciudad y revisar desde los diferentes ámbitos de las escalas del territorio, su estructura y las condiciones de desarrollo que este ha tenido y que son hoy los puntos de partida para plantear el presente y futuro de una estructura de ciudad fundamentada en la espacialidad pública.


1. El concepto de espacio público

El concepto de espacio público se atribuye a Aristóteles quien inició el reconocimiento de éste, como espacio vital y humanizante, donde la sociedad se reunía para compartir sus opiniones, evaluar propuestas y tomar decisiones democráticas, se vislumbraba así un espacio público político.

Los diferentes paisajes, inclusive los urbanos, son el resultado de la práctica ancestral de usos específicos, ejercidos sobre un territorio determinado, y corresponden a una organización espacial, relacionada con un conjunto de costumbres sociales, mentales y técnicas, que con el devenir del tiempo han producido formas características en las cuales se puede reconocer la huella o envolvente cultural del grupo, de tal manera que es posible diferenciarlo de otros grupos étnicos. El paisaje es pues el producto de la cultura del grupo que lo moldea y lo habita.

El paisaje urbano se origina como consecuencia de la relación del hombre con su cultura en un ambiente natural dado, y es percibido como la manifestación de valores comunes a un grupo humano dentro de una concepción temporal y espacial que involucra forma y función.

Dado que el paisaje es la parte visible de un sistema territorial funcional, vivo y en evolución permanente, se le puede considerar cultural por ser el producto del genio humano, o como ya se dijo, de la cultura de un grupo, pero también por producir culturalidad entre los que intentan entenderlo.

El paisaje urbano alude al paisaje de las ciudades, y dentro de estas, a los espacios abiertos y a los elementos que los conforman. Los espacios abiertos corresponden a los lugares donde la gente se congrega a caminar, a pasear, algunas veces a comprar, a montar en bicicleta o a conducir; son los espacios de encuentro y participación en la vida comunal del espacio reconocido como ciudad. Y por supuesto, son también áreas donde la naturaleza impone su dominio: ríos, montañas, fuertes laderas, etc., dentro de la ciudad.

Los espacios verdes, cuando hacen parte del espacio público destinado a la satisfacción de las necesidades urbanas colectivas, como se explicita en el Capítulo 1ro, Artículo 2do. del Decreto 1504 de 1998, no deben entenderse solamente como los que existen en el suelo urbano, definido en la Ley 388 de 1997; muchas de las necesidades urbanas se satisfacen en el suelo rural, de este modo es necesario pensar en lo rural no como lo antípoda de lo urbano, tampoco como la expresión de lo atrasado o el sitio donde se producen los bienes agrícolas, este espacio es demandado para el cumplimiento de servicios ambientales, culturales y sociopolíticos que terminan no sólo por revalorizar lo rural, (Bejarano, 1998) sino por hacer inadecuada la división del territorio en urbano y rural, al menos en cuanto hace relación al concepto de espacio público.

El término espacio público se ha convertido hoy en una expresión común: técnicos, legisladores, gobernantes, comerciantes y «el hombre de la calle», identifican así el espacio al cual se puede acceder sin restricción alguna y donde es posible la expresión de sus derechos y de sus obligaciones en el escenario de sus diarias vivencias; el planificador, en muchos casos, se limita a considerarlo como el definido en una serie de leyes, decretos, resoluciones y acuerdos, que lejos de enriquecer el tema, parecen minimizarlo de una forma tal, que se olvida no sólo el valor cultural del concepto, sino aún las funciones que hacen de éste un concepto integrador del hombre como ser vivo y como ser social. La legislación actual, particularmente el Decreto 1504 de 1998, recoge el concepto de un modo integral y considera como espacio público no sólo aquel al cual se accede libremente, sino que da particular importancia a las diversas funciones que cumplen los espacios, independientemente de su tenencia.

En algunos casos, lo público y lo privado, aparecen como dos elementos contrapuestos donde, a partir de ellos, se pretende entender la complejidad de la ciudad; Rossi (1966), afirma en su libro «La arquitectura de la ciudad», que:

(…) el contraste entre lo particular y lo universal, entre lo individual y lo colectivo, es uno de los puntos principales desde los cuales (...) [se estudia la ciudad, y añade:] (…) este contraste se manifiesta en diversos aspectos, en las relaciones entre la esfera pública y la privada, en el contraste entre el diseño racional de la arquitectura urbana y los valores del locus, entre edificios públicos y edificios privados; [concluyendo] (…) sí la división de la ciudad en esfera pública y esfera privada, elementos primarios y zona residencial, ha sido varias veces señalada y propuesta, nunca ha tenido la importancia de primer plano que merece.

Más allá de la aparente contraposición entre lo público y lo privado, se establecen una serie de relaciones, de composiciones, de complementariedades y de subdivisiones entre el uno y el otro, que es necesario entender, con el fin de percibir la relación sistémica de lo que realmente es la espacialidad urbana.


1.1 Lo estructurante

El espacio público se compone en primer lugar de aquello que llamaríamos EL ESPACIO PROFANO, del latín pro- delante y fanus- templo, y de EL ESPACIO SAGRADO.

El primero, el profano, expresa la urbanidad, se caracteriza por el libre acceso (espacio abierto) y por ser escenario de una intensa actividad social (ver esquema síntesis).


Esquema síntesis. La conceptualización del espacio público.

Si bien, como toda porción del territorio tiene valor ecológico, económico y paisajístico, en este prevalece su valor histórico y cultural, que por estar lleno de memorias, significados y actividades que trascienden el espacio interior, y que lejos de ser entendido como un plano sobre el cual el estado ejerce su propiedad, debe entenderse como una complejidad de acciones antropo-urbanas que se desarrollan en él.

El segundo, el sagrado, es aquel que confiere la identidad al territorio como parte de la memoria colectiva, es de acceso permitido y generalmente construido. En él se desarrollan actividades con tendencia a lo pasivo; éste espacio además de los templos, está compuesto por los edificios públicos, los comunitarios y equipamientos, los edificios de valor histórico y cultural y además, por todas aquellas edificaciones y elementos constitutivos naturales (Decreto 1504/98, Articulo 5º) a los cuales la comunidad concede un valor específico.

Ambas espacialidades, la profana y la sagrada, conforman el espacio estructurante de la ciudad, que es por excelencia, EL ESPACIO PERENNE, aquel que a través del tiempo mantiene los hitos y los elementos que identifican la ciudad y su cultura.

Al hablar de identidad se hace alusión a las interconexiones culturales de la ciudad y de sus vínculos con el entorno ciudadano y su tradición histórica.

La identidad de una ciudad consiste en un conjunto de rasgos - no meramente aparentes o formales - que le dan un aire propio, que la identifica y la hacen reconocer como tal. Obsérvese que «identidad» ya indica, etimológicamente, una «identidad propia» o, si se quiere, la «cualidad de ser uno mismo» (Terricabras, 1990).

La permanencia de los monumentos urbanos expresa la colectividad de la ciudad:

Los monumentos, signos de la voluntad colectiva, expresados a través de los principios de la arquitectura, parecen colocarse como elementos primarios, como puntos fijos de la dinámica urbana (Rossi, 1966).

El espacio profano, compuesto fundamentalmente por el «espacio abierto»: lugares de memoria que en la ordenación moderna del territorio deben ser objeto de promoción cultural, plazas, parques, avenidas y calles, que al extenderse por el territorio, varían su configuración y su extensión, conforman esa urdimbre y trama que le da coherencia a la ciudad. Existen no obstante, expresiones de lo sagrado que invaden lo profano; así por ejemplo el monumento público, que como una extensión del primero, se ubica en el espacio profano y le da un valor específico, caracterizándolo y por ende haciendo de él parte de la identidad de la ciudad.

Al hablar de monumentos, no se hace referencia únicamente a aquellos elementos que buscan rendir culto a un personaje, o a un hecho determinado; son monumentos, todo tipo de fuentes o de obras de arte localizadas en el espacio profano que logran caracterizarlo en forma tal, que empieza a hacer parte de la espacialidad sagrada.


1.1 Lo estructurado

Por otro lado se ha de entender lo que es el espacio privado, no sólo como aquel sobre el cual ejercen dominio, mediante su propiedad, un grupo o persona determinada, sino como una espacialidad que tiene características diferentes y que esta compuesta en primer lugar del espacio individual, que proporciona la intimidad y cuyo acceso es prohibido (negativo), limitado, como la vivienda bajo su más estrecha acepción: el techo. Bajo ésta nominación se incluyen además todas aquellas espacialidades que tienen un acceso limitado por la propiedad del mismo y nos referimos a lugares de trabajo, oficinas, industrias y en general todos aquellos espacios sobre los cuales existe un estricto control por parte del interés particular.

En la actualidad, y en la cultura occidental al hablar del espacio privado colectivo se hace referencia a aquellas espacialidades controladas y con funciones que expresan un servicio a la comunidad que es su razón de ser. Son expresiones del espacio privado- colectivo todo tipo de establecimientos abiertos al público, llámese lugares de disfrute colectivo, (bares, restaurantes y cines), lugares de ferias y exposiciones, y en general aquellos destinados a la lúdica o a mercadear objetos y actividades de la sociedad de consumo.


1.2 Las relaciones

Las interacciones entre lo privado y lo público se expresan a través de un sistema de coordenadas que relacionan sus componentes (ver esquema síntesis). La relación entre lo sagrado y lo profano expresa el poder político; ejemplos de este tipo se pueden encontrar en aquellas ciudades construidas con el único objetivo de ser las grandes capitales administrativas, tal es el caso de Brasilia, Washington y Chandigarh,

Una estrecha relación entre el espacio privado colectivo y el espacio público profano, expresa la fortaleza del poder económico tal como acontece en ciudades como Las Vegas, Miami, o aquellas otras donde el mercadeo alrededor de espacios privados colectivos se constituye en la esencia estructurante de ciudad: en ellas la publicidad invade «lo profano», lo caracteriza y le transmite una diferente «identidad». Tal como lo afirma Mutis (1998):

Hoy hay una enorme confabulación entre el mundo técnico, los medios de comunicación y la publicidad para convertir el mundo en un supermercado. Ya lo hicieron... La publicidad forma parte del sistema establecido en nuestro mundo para convertir todo en valor de dinero.

Cuando las relaciones dominantes ocurren entre el espacio público sagrado y el espacio privado individual, las ciudades se caracterizan por la expresión del poder religioso a través de sus estructuras espaciales, esto se encuentra en ciudades como La Meca y el Vaticano, o en general en aquellas ciudades de culto donde lo ceremonial se vuelve dominante.

Se ha de entender entonces que el espacio público se constituye en el espacio estructurante y perenne de la ciudad, y el espacio privado en el espacio estructurado y mutable de la misma. En el primero, el espacio público, se manifiesta el interés común; en el segundo, en el espacio privado, prima el interés particular.

Obviamente que las relaciones entre el espacio privado colectivo y el espacio privado individual, solamente expresan la existencia de un «ghetto», y no de una espacialidad urbana, que sólo puede ser entendida a través de la existencia de la espacialidad pública como estructurante de ciudad.

La ciudad, como tal, es la expresión sistémica concreta que correlaciona las espacialidades públicas y las privadas, no en un equilibrio cuantitativo de las mismas, sino en un equilibrio cualitativo, que permite de acuerdo con sus características culturales y naturales específicas y sus relaciones, establecer un orden que hace de ella una ciudad.

La ciudad colombiana desde su fundación expresa las relaciones entre lo sagrado y lo individual: el poder religioso, así por ejemplo con referencia a la ciudad de Medellín se afirma: «Uno de los aspectos que más ocupó la atención del Cabildo en la segunda mitad del S. XVIII fue el relacionado con la imagen que esta debía proyectar. En Medellín, con excepción de la iglesia parroquial, no había edificio que tuviera referencia alguna al poder, bien de la Corona o de los particulares. Sus casas no tenían los grandes portones que distinguían las casas de los vecinos ricos de Tunja, Santa fe o Popayán. Ni la casa del Cabildo se diferenciaba del resto de las viviendas. Hasta 1776 prácticamente El Cabildo era un rancho».

Con el advenimiento de la República continúa la primacía de la relación entre lo sagrado y lo profano: el poder político; así por ejemplo, el Capitolio Nacional en Bogotá fue construido a mediados del siglo XVIII como una representación del poder civil; hoy el mercantilismo impone unas relaciones dominantes entre lo profano y lo colectivo: el poder económico; sin embargo el «laisseferismo» encamina aceleradamente a enfatizar unas relaciones entre lo individual y lo colectivo: «la ciudad ghetto», donde los grandes centros comerciales substituyen la espacialidad pública y el espacio profano es privatizado por el automóvil particular.


2. La aplicación

A partir de esta conceptualización y de las condiciones actuales de la ciudad de Medellín, se formula el principio de reivindicar la Ciudad como un espacio público en sí misma, por su condición social y cultural como lugar de convivencia colectiva. En ella el espacio público debe ser considerado como el espacio esencial para la construcción de la vida en sociedad y el medio fundamental para la formación y la expresión de las voluntades políticas de la población.

En el caso de Medellín, los espacios públicos poseen características específicas de acuerdo con la forma como surgen y se articulan con el territorio urbano, estas condiciones reflejan en principio características espaciales y de uso definidas como consecuencia del modelo de crecimiento urbano, y de la forma de ocupación del territorio a través del proceso de urbanización.

El espacio público profano, abierto por naturaleza, tiene su principal expresión en un trazado en damero heredado de la colonia (Las Leyes de Indias), a partir del cual y teniendo la plaza como punto de partida, se estructuró la Ciudad con una continuidad vial coherente, que repitió el esquema de la plaza central en numerosos barrios que se fueron conformando, tanto formal como informalmente, y que hoy se constituyen en puntos de referencia de la ciudad actual.

Siempre las configuraciones urbanas teniendo la plaza como centro estuvieron acompañadas de un espacio público “sagrado”, manifiesto fundamentalmente en la iglesia y la escuela y algunas veces con la presencia del estado a partir de las inspecciones de policía.

Esto dio como resultante la conformación del barrio con características e identidades propias, ejemplos de ello son los barrios de La Milagrosa, Buenos Aires, Villa Hermosa, Campo Valdez, Aranjuez, Boston, Prado, Manrique, Jesús Nazareno y la incorporación del área urbana de El Poblado, sobre la margen derecha del Río, entre otros; todos ellos surgidos en la segunda década del s. XX. Lo anterior además de otros sectores que se orientaron más hacia un desarrollo comercial como el Perpetuo Socorro y el Corazón de Jesús.

Sobre la margen izquierda del Río y después de la década del cincuenta surgieron barrios como Guayabal, San Javier, Fátima y Laureles, además de la incorporación de Belén, Robledo y La América y el posterior desarrollo de la zona nor- occidental como fruto de la construcción, fundamentalmente, de vivienda por parte de organismos estatales. Sin embargo, este crecimiento racional que no se intereso en incorporar las numerosas corrientes de agua que corrían por sus laderas a una urbanidad incipiente que nunca supo valorar los factores ambientales, y que por lo tanto aparecen como “no lugares”, territorios sin apropiación que posteriormente fueron objeto de masivas ocupaciones informales.

Posteriormente la ciudad formal, reglamentó las áreas de sesión obligatoria, espacios estos, que nunca hicieron parte de un espacio público pensado y estructurado a una escala mayor, por lo que muchos de ellos, finalmente, terminaron por ser sólo unos espacios residuales adicionales.

Es importante entonces con estos antecedentes del crecimiento físico espacial de nuestro territorio y del espacio público generado por el modelo de desarrollo, revisar con detenimiento el escenario social y cultural de nuestra ciudad en los últimos años y encontrar las líneas de relación que existen entre la calidad, carácter e identidad del espacio público y su disposición para la construcción de escenarios propicios para el desarrollo de una sociedad que genera acuerdos de convivencia y respeto por la condición ciudadana. La posición ideal de poseer espacios para la construcción de acuerdos de convivencia ciudadana, dista mucho de las realidades históricas sociales de nuestro territorio y en ellas se soportan sin lugar a dudas muchos de los conflictos y problemas que han generado los problemas de violencia.

Esta Ciudad que posee grandes diferencias sociales y unos antecedentes históricos de violencia asociadas en parte a la carencia de presencia institucional y a la falta de cualificación de su espacio público, requiere la implementación de estrategias para la generación de escenarios propicios para el encuentro ciudadano y la construcción de ciudadanía, a partir de la formulación e intervención de proyectos que redefinan el sistema estructurante del espacio público en cada una de las escalas del territorio y doten de valor cada uno de ellos, reescribiendo su proceso de urbanización en búsqueda de un territorio articulado y con equidad social.


3. Las acciones

Desde la década del sesenta del siglo pasado la ciudad de Medellín inicio una serie de acciones tendientes a recuperar espacios centrales de la ciudad fundacional (el espacio profano), para el peatón. Ejemplo de ello son; la recuperación de la carrera Junín, el pasaje la Bastilla, la calle Boyacá y posteriormente la intervención sobre el parque de Bolívar con el fin de integrar la Catedral al Parque mediante la supresión de un trayecto de la calle Bolivia.

La intervención sobre la carrera Junín marco un hito en la ciudad y brindo a los peatones la oportunidad de hacer tangible una costumbre con gran arraigo, el conjugar el verbo “juniniar” en todos sus tiempos.

Es claro, que las principales intervenciones se han centrado sobre “espacios sagrados” (equipamientos), proyectos urbanos concretos que fundamentalmente en los campos educativos y culturales han subsanado déficits existentes en lugares de los más bajos estratos de la ciudad, no siempre contextualizados con su entorno inmediato

Estas acciones soportadas en la voluntad política de alcaldes que han entendido la importancia del espacio público como espacio integrador y lugar de acuerdos sociales y políticos; ha viabilizado el proceso de transformación de la Ciudad, en el que la construcción por la equidad social, funda sus mayores esperanzas para el futuro, como un instrumento de valor democrático e incluyente.

Este proceso de transformación urbana posee como antecedente el desarrollo de un territorio fragmentado y poco continuo en donde el automóvil y la vialidad desarrollada en los años setenta y ochenta especialmente, delinearon y construyeron una espacialidad pública inconexa; que configuraba a su paso murallas imaginarias que rompían la continuidad entre los barrios y entre las partes de la ciudad.

El nuevo proyecto de recuperación urbana ha redefinido el espacio público como el sistema estructurante de la Ciudad y escenario ideal para la construcción de la ciudad compacta, este proceso de intervención en los últimos años ha permitido plantear desde la búsqueda de la “Civilidad de la Calle”, el mayor valor de intervención urbana, acogiendo escenarios tradicionales como la calle Junín y la calle Carabobo (ver Foto 1), experiencias realizadas en la Ciudad y de gran impacto social y cultural para sus ciudadanos.


Foto 1. Carrera Carabobo (Fuente: picasaweb.google.com) – Carrera Junín.

Estos proyectos urbanos de intervención orientados a la recuperación de la calle de la Ciudad se podrían plantear desde ámbitos diferentes en los que la escala de actuación varia, no sólo por las condiciones del territorio, sino por las condiciones sociales y culturales de sus habitantes: en este sentido la adecuación de Carabobo, la Av. Oriental y la Carrera 70; además de las intervenciones sobre la Av. de El Poblado, la Calle 107 en el barrio Andalucía y el Boulevard de Castilla, fortalecen la conectividad entre zonas del territorio a través de paseos urbanos en donde se privilegia la condición peatonal y se emprenden procesos de transformación urbana del territorio como consecuencia del impacto generado por las obras. Es importante resaltar la respuesta social a las intervenciones urbanas donde nuevos sitios de encuentro, lugares de identidad y de participación aparecen por iniciativa de grupos de ciudadanos que encuentran allí su “parche” y en ocasiones un lugar para “loliar”.

Uno de los proyectos más importantes y relevantes por su complejidad e impacto, es el paseo urbano de Carabobo, al cual es necesario hacer mayor referencia en este texto por su gran condición modélica; este proyecto que tiene sus antecedentes en proyectos de peatonalización planteados en el centro en los años ochenta como lo fue el paseo urbano de Junín; recupera esa condición del valor de lo público de la calle y marca la recuperación de un grupo de edificios y equipamientos institucionales que cambiaron de vocación en los últimos años y que permanecían con usos subsidiarios, como piezas aisladas en el centro de la Ciudad.

Las anteriores consideraciones positivas de la intervención se aúnan a la disposición de este Paseo a las actividades comerciales de la zona y a su posibilidad de articularse con paseos, calles y pasajes que tributan a Carabobo de manera transversal y vitalizan esta parte de la Ciudad, acá la integración público privada a partir de numerosos pasajes peatonales comerciales, conocidos en la jerga popular como “El hueco” crean un sistema privado-público de gran vitalidad en el área. Estas característica sumadas a un diseño urbano sencillo y racional, hacen de la intervención de la calle un valor innegable del poder de lo público, como lugar para el encuentro y la construcción de ciudadanía.

Sin embargo el escenario de intervención implementado en la última década, no puede calificarse actualmente como un proceso exitoso en todos los ámbitos; existen en las calles de la Ciudad; desde los barrios a la centralidad, una deuda gigantesca que se manifiesta en la poca atención prestada al peatón que permita habitar la calle con las condiciones básicas de confort y seguridad, incentive el encuentro y el desplazamiento libre de los ciudadanos por cada zona del territorio.

Este texto aunque celebra con emotividad el trabajo realizado en la gestión pública por la Ciudad, también hace una posición crítica, por la ausencia en muchos lugares del territorio de espacios en los que se pueda caminar con dignidad a través de andenes que generen unos mínimos estándares de calidad en los sistemas de conectividad de los barrios y que permitan la continuidad entre diferentes lugares de estos territorios como razón no sólo funcional, sino especialmente social y cultural.


1.1 El edificio público como espacio de encuentro y de inclusión social

Si algo ha caracterizado a la ciudad de Medellín ha sido la vitalidad de un centro urbano dinámico, sitio de convergencia de distintas clases sociales, lugar de la memoria y la identidad marcado por una serie de espacios profanos, plazas y plazoletas que cuentan historias de ciudad, enriquecidas además por una toponimia significativa de sus calles y carreras, plazas y parques que hacen referencia a las batallas de la independencia, a sus próceres y a los países que participaron en la gesta libertadora.

Este centro ha resistido diferentes intervenciones que han sustraído parte fundamental de sus actividades, los edificios públicos fueron trasladados a la Alpujarra en los años 60s, los hechos conmemorativos fundamentales perdieron vigor en manos de administraciones que nunca supieron entender el concepto de identidad, una destrucción sistematizada con énfasis en soluciones vialistas terminó por segmentar esta centralidad tradicional. Así y todo, el centro, o mejor, la gente sigue aferrada a la tradición y su vigencia se manifiesta con una fuerza sostenida a partir sí, de hechos que reivindicaron el valor de lo sagrado, el edificio público.

La recuperación del viejo Palacio Municipal, edificio emblema de lo público, y su adecuación como Museo de Antioquia, la Plaza de Botero y sus esculturas, el viejo Palacio Departamental, hoy Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe, los templos e iglesias, plazas y plazoletas expresan una ciudad que ha sabido vencer los temores, incorporar la informalidad, tolerar situaciones que desdicen de una ciudad con equidad social. Medellín se lee en su centralidad, sus calles son el espacio de todos, su comercio es diverso y en ocasiones insólito, allí todo es posible. Carabobo ha contribuido en gran parte en ello, es y ha sido desde siempre la gran “calle urbana de la Ciudad”.

Los centros barriales no han estado exentos de intervenciones indebidas, sus plazas han perdido el carácter por intervenciones impensadas de administraciones que nunca supieron entender ni la función, ni la expresión social de un espacio que siempre fue de todos y donde la presencia del árbol, la banca, la luminaria acompañados del policía, el cura y el maestro fueron siempre una insignia de ciudad. El barrio fue el centro de todo en esta ciudad y hoy lucha por conservar su vigencia, la iglesia y la escuela son sus edificios públicos más significativos y en lo privado, el tradicional café denominado en ocasiones cantina, salón social, cafetería o tienda mixta son lugares de encuentro de una comunidad que se conoce y se reconoce.

Si bien es necesario reconocer que los nuevos edificios públicos, escuelas y parques bibliotecas son hoy el orgullo de muchas comunidades, también es necesario afirmar que estas mismas arquitecturas, las más de las veces, no han sabido integrarse a un vecindario, a la calle, al barrio. El esfuerzo hoy debe ir dirigido a recuperar la trama y urdimbre urbana, la calle para el hombre, para el caminante, para el niño.

En muchos ámbitos el encerramiento de viviendas, negocios de distinta índole y hasta edificios públicos son la respuesta a una inseguridad que se abre paso a partir del mismo encerramiento con la generación de un mayor temor entre los habitantes. La calle ha perdido apropiación, nuestro deber y las principales acciones deben estar dirigidas hacia su cualificación no como vías vehiculares más sí como lugares de encuentro furtivo, de aventura, de juego, de ocio, espacios para permanecer sin hacer nada, o mejor para construir ciudadanía en medio de los iguales.

El edificio público es vital pero la vivencia ciudadana lo es más, la actividad privada es el motor que alienta la calle y el café sigue siendo el sitio insignia del ciudadano del común.

En este panorama la Ciudad, la Municipalidad, ha venido apostándole a una resignificación de los edificios públicos y a través de ellos al fortalecimiento de las centralidades barriales, y al mejoramiento de las condiciones de soporte a las actividades culturales, educativas, de salud, entre otras; este criterio de intervención de equipamientos públicos actualmente se implementa a la luz de los Planes de Desarrollo Municipales, como una línea importante que ha tenido continuidad a partir de las últimas administraciones.

Estas intervenciones de equipamientos públicos en la Ciudad, poseen una importante tradición arquitectónica y la actuación directa de arquitectos con planteamientos de edificios de calidad que han impactado urbanamente el territorio de influencia y han generado espacios de gran calidad urbana; entre los edificios más relevantes realizados en la última década de iniciativa pública están la sede de EPM, y el Parque de los Pies Descalzos (ver Foto 2) y su Biblioteca Temática con la Plaza de la Luz; la reconversión del edificio del IDEA y el edificio y la Plaza de los Deseos entre otros. Sin embargo estos son intervenciones especialmente en el centro tradicional y no contribuyen a un desarrollo equilibrado de la Ciudad.


Foto 2. Parque de los Pies Descalzos. Fuente: http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=925398&page=7.

La ciudad entonces, ha emprendido en los últimos años un proceso de intervención en el ámbito de lo público con la generación de espacios para el encuentro ciudadano, dignificando los barrios, a sus habitantes con edificios públicos de alta calidad y reconstruyendo el paisaje urbano del barrio con la presencia del edificio público como espacio de referencia y reunión.

Este proceso se concretó a través de varios programas fundamentales; el programa de construcción y puesta en marcha de Parques Bibliotecas (ver Foto 3), el programa de Colegios de Calidad, que desarrolló grandes colegios públicos y la adecuación de un centenar de infraestructuras existentes y además, la generación de edificios y parques públicos para el soporte de la seguridad, la salud, la recreación, entre otros; estos proyectos fueron implantados en zonas de la ciudad con índices de desarrollo humano muy bajos y con problemáticas acentuadas de violencia y conflictos sociales, con el objetivo de plantear un mejoramiento de las condiciones de vida y la generación de oportunidades en cada uno de estos barrios.


Foto 3. Parque Biblioteca de Belén.

El programa de Parques Bibliotecas se convirtió en el modelo exacto para recrear un espacio para el encuentro ciudadano y demostrar cómo es posible plantear a la educación como un modelo de transformación; en estos espacios que actualmente reciben más de tres millones de visitantes al año, se evidencia el proceso de construcción de sociedad; los Parques Bibliotecas fueron localizados estratégicamente en el territorio y, se convirtieron rápidamente en referentes urbanos por su facilidad de acceso mediante transporte público, su fortalecimiento de las centralidades barriales o zonales y la creación de áreas verdes y libres que permitieron la recuperación ambiental en sus territorios.

Igualmente el programa de mejoramiento de la infraestructura escolar llamado “Colegios de Calidad: una oportunidad para la construcción de la Escuela Abierta”, partió de una apuesta por mejorar los índices y niveles de educación y con ello levantar la calidad de cada una de esta edificaciones, recuperándolas para las comunidades como edificios públicos y dotándolas de los mejores estándares de calidad posibles para el desarrollo de sus actividades escolares.

Un programa de equipamientos de gran importancia, es el orientado hacia la recreación y el deporte, desarrollado en el marco de otras intervenciones de mayor escala, que ha generado paulatinamente un fortalecimiento de estos espacios en el ámbito local, creando sinergias importantes con intervenciones del espacio público que definen una articulación de estos hechos puntuales con sistemas barriales, a través de paseos urbanos y calles que generan mayor impacto.

Entre los ejemplos más relevantes y en los que se evidencia el valor del espacio público y el equipamientos, están las intervenciones del corredor de Carabobo hasta lo que se ha denominado el nuevo norte, en donde se realizaron los proyectos de recuperación del Jardín Botánico, el Parque museo Explora y el Centro Cultural de Moravia; esta intervención además de re-significar la carrera Carabobo como eje estructurante histórico de la Ciudad, reivindica los edificios patrimoniales que se encuentran en torno a la calle como lo son el Carre, el Vasquez, el Edificio de la Gobernación (Palacio de la Cultura) y el Museo de Antioquia (ver Foto 4); y propone que se pueda ir desde este espacio central a través de Carabobo hacia el norte en donde se construye una nueva centralidad cultural y educativa.


Foto 4. Museo de Antioquia. Fuente: acuareladelmundo.wordpress.com.

Otro proyecto que tiene gran impacto urbano como modelo de intervención que articula el edificio y el espacio público, es el realizado en el marco de los Juegos Suramericanos, evento que permitió plantear una generación de nuevos equipamientos deportivos de gran calidad arquitectónica, articulados a través de un espacio público que sirvió de escenario para el encuentro de la ciudadanía y a su vez como lugar de recreación y deporte cotidiano; esta intervención se complementó con la recuperación de la Carrera 70 y genero a través de esta sinergia el modelo de intervenciones propios de este ejercicio de transformación urbana de la Ciudad.


1.1 Los equipamientos privados; la publicidad de lo privado

Es importante que este texto no sólo mire con atención las intervenciones desde la iniciativa pública, es de igual importancia revisar las intervenciones e iniciativas derivadas de las acciones privadas, estas complementan el tejido urbano y son en términos generales la mayor parte del territorio construido disponible en un gran porcentaje en torno a las obras de carácter público como vías, calles y espacios abiertos.

En estos equipamientos vale la pena plantear especialmente el tema de los centros comerciales; estos han puesto en evidencia la “publicidad de lo privado”, construyendo espacios interiores en los que los ciudadanos encuentran expresiones culturales y sociales propias de la vida en Ciudad; desde estos espacios, dispuestos la mayoría de las veces sobre las periferias de la centralidad, se han construido edificios con poca capacidad de relación urbana, pero con la posibilidad de reemplazar ofreciendo mayores condiciones de seguridad las actividades que en una Ciudad se desarrollan en torno a sus calles. Esta condición que aparece en nuestra Ciudad desde los años setenta con centros comerciales y grandes superficies, ha derivado hasta hoy en los llamados “mall comercial” y a su dispersión cada vez más evidente como consecuencia de una demanda creciente de este tipo de servicios comerciales.


1.2 La vivienda y el espacio público

El proceso de transformación urbana, crecimiento y el mejoramiento de las condiciones de vida que ha tenido la ciudad de Medellín en los últimos años, ha promovido migraciones continuas de población, movidas bien por la búsqueda de mejores oportunidades o por condiciones de seguridad. Este fenómeno de desplazamiento se aúna a las necesidades de su propio crecimiento vegetativo y con ello a la necesidad imperiosa de generación de vivienda digna para sus habitantes; esta problemática que excede los límites municipales y posee implicaciones del ámbito Nacional, específicamente en el tema de la financiación, es una de los escenarios más complejos en el ordenamiento del territorio Municipal y Metropolitano, por las implicaciones que significa la necesidad social de atender a esta población.

Esta problemática, compleja no sólo para Medellín, sino para todo el territorio Metropolitano, ha venido teniendo respuestas aisladas en cada parte del territorio, de acuerdo con las condiciones económicas de cada ente territorial, dando una solución cuantitativa, definida específicamente desde la operación y metodología de subsidios y cierres financieros orientados a la unidad básica de vivienda.

Esta metodología definida desde las políticas nacionales no prevé el desarrollo de programas de vivienda integrales, que permita de acuerdo a lo planteado en la Ley 388 un desarrollo de las viviendas, acompañadas de una estructura de espacios públicos y equipamientos de soporte que permitan el desarrollo de una vida en comunidad digna.

Estas condiciones y situaciones planteadas, han propiciado desde la iniciativa pública y las privadas responsables de la vivienda social, el desarrollo e implementación de grandes programas, en donde el resultado es la producción de un gran número de soluciones en territorios de expansión que no poseen uno mínimos estándares de calidad urbana y posibiliten el desarrollo de las actividades propias de una vida en comunidad; esto agravado por lo que significa el desplazamiento de las familias y su disposición en áreas con servicios básicos precarios de conectividad con la centralidad de la Ciudad y la falta de oportunidades para el desarrollo de sus actividades económicas. Este proceso da como resultado, más allá de las consideraciones sociales, culturales y económicas, ausencia de espacios públicos cualificados y en algunos de los casos modelos de urbanización que a falta de un espacio público que consolide el tejido urbano de la Ciudad, crea en estos territorios “ghettos” en los cuales se generan comunidades con condiciones sociales y oportunidades inequitativas con el resto de la Ciudad.


2. Las conclusiones

Desde lo exógeno

Pensar Medellín dentro de sus límites político administrativos y formular políticas y proyectos de espacialidades públicas que desconozcan el contexto mayor, en el cual se debe incluir no solamente el Área Metropolitana, sino aún lo que se podría denominar la Región Metropolitana, es continuar marcando diferencias que no sólo no contribuyen a la integración de la región urbana, sino que incentivan una presión inconveniente sobre el “municipio núcleo” -Medellín- que desconoce una realidad cultural y económica que se expresa en un ámbito mayor.

Sólo un desarrollo equilibrado de lo público permitirá crear una estructura de centralidades y servicios que propicie la aparición de la ciudad compacta metropolitana.

Todos los proyectos del espacio público estructurante -lo profano y lo sagrado- deben estar inscritos en un verdadero proyecto de ciudad expresado en un proyecto urbano que, derivado del POT marque un avance significativo para la consolidación de las espacialidades públicas y en este sentido el Plan Especial de Espacio Público y Equipamientos debe ser el punto de partida.

Es necesario, en el corto plazo, poner en marcha proyectos de “regeneración urbana” que permitan intervenir amplios sectores centrales de la Ciudad (planes parciales), que mediante aportes significativos de la administración se vinculen efectivamente a la dinámica urbana, a partir de una mixtura de usos que garanticen unas densidades que a más de contribuir a subsanar los déficits de vivienda existentes, creen áreas dinámicas vinculadas a la economía urbana.

El desafío para la Ciudad en el mediano plazo es la recuperación del verde, parques urbanos en el ámbito metropolitano aptos para una recreación masiva donde la incorporación del agua, el árbol nativo y espacios para grandes espectáculos públicos sean la exigencia fundamental.

La resignificación del barrio y sus equipamientos como expresión de la vida en comunidad. Recuperar el vecindario, la identidad barrial y el sentido de pertenencia como principio de identidad.

La calle para el hombre, el peatón, el anden como base de la recuperación de una ciudad amable. La movilidad peatonal y el anden como punto de encuentro son signos de civilidad.

Reconocer la informalidad tanto como actividad en el espacio público como forma de subsistencia para muchos. Más que negarla es necesario a partir de la tolerancia dar un orden que responda a una situación social.


Bibliografía

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